La otra cara del emprendimiento: una radiografía de la siniestralidad
La siniestralidad laboral entre las personas trabajadoras autónomas sigue siendo uno de los indicadores más sensibles para evaluar la calidad del empleo por cuenta propia en España. Aunque el colectivo ha ganado peso en la economía y ha mejorado en profesionalización, los datos oficiales muestran que continúa expuesto a riesgos significativos, especialmente en sectores como la construcción, el transporte o el agrario.
Según las estadísticas del Ministerio de Trabajo y Economía Social, en el último ejercicio se registraron más de 28.000 accidentes laborales entre autónomos, de los cuales cerca de 60 fueron mortales. Aunque estas cifras representan un ligero descenso respecto al año anterior, siguen situando al colectivo en una posición vulnerable, en parte por la menor implantación de sistemas formales de prevención y por la elevada presencia de actividades de riesgo.
Un colectivo diverso con riesgos muy desiguales
El análisis por sexo revela diferencias claras. Los hombres concentran la mayor parte de los accidentes, tanto leves como graves, debido a su mayor presencia en sectores de riesgo elevado: construcción, industria, transporte o agricultura. Las mujeres autónomas, por su parte, registran una incidencia menor, pero destacan en actividades como comercio, cuidados, sanidad o servicios personales, donde predominan los accidentes por sobreesfuerzos, caídas al mismo nivel o lesiones musculoesqueléticas.
Los especialistas en prevención señalan que esta brecha responde más a la segregación sectorial que a diferencias en la exposición individual al riesgo, y subrayan que la incorporación creciente de mujeres a actividades técnicas podría modificar estas tendencias en los próximos años.
La edad es otro factor determinante. Los datos del INSST muestran que los autónomos mayores de 55 años presentan una mayor probabilidad de sufrir accidentes graves o mortales, debido tanto al envejecimiento natural como a la permanencia en actividades físicamente exigentes. En cambio, los menores de 30 años registran más accidentes leves, a menudo relacionados con la falta de experiencia, la multitarea o la ausencia de formación preventiva específica. La franja entre 40 y 55 años concentra el mayor volumen total de accidentes, simplemente porque es la más numerosa dentro del colectivo.
Por actividad económica, la construcción continúa siendo el sector con mayor siniestralidad entre autónomos. Las caídas en altura, los atrapamientos y los golpes con objetos siguen siendo las causas más frecuentes de accidentes graves. El sector agrario también presenta índices elevados, especialmente en trabajos con maquinaria y en actividades estacionales.

En el comercio y la hostelería, aunque la gravedad es menor, la frecuencia es alta debido a sobreesfuerzos, resbalones y cortes. En cambio, los servicios profesionales y las actividades tecnológicas muestran una siniestralidad muy reducida, aunque con un aumento progresivo de riesgos psicosociales como el estrés o la fatiga mental.
Las diferencias territoriales también son significativas. Comunidades como Cataluña, Andalucía y Castilla-La Mancha concentran el mayor número de accidentes mortales entre autónomos, en parte por el peso del sector agrario y de la construcción, y en parte por la estructura demográfica del colectivo. Regiones con mayor presencia de autónomos en servicios, como Madrid o Baleares, presentan índices más bajos, aunque no exentos de riesgos emergentes vinculados a la digitalización y al trabajo intensivo en pantallas.
En cuanto a la evolución histórica, la siniestralidad laboral en España ha mostrado una tendencia descendente en la última década, pero con oscilaciones. Entre los autónomos, la mortalidad ha disminuido ligeramente en los últimos años, aunque la incidencia total se mantiene estable. La pandemia introdujo cambios relevantes: la reducción de desplazamientos disminuyó ciertos riesgos, mientras que el teletrabajo y la intensificación de tareas aumentaron otros, especialmente los ergonómicos y psicosociales.
Los especialistas coinciden en que la cultura preventiva entre autónomos sigue siendo insuficiente, sin servicios de prevención ajenos, evaluaciones de riesgos formales ni formación específica. Las asociaciones de autónomo como ATA y UPTA reclaman incentivos para contratar servicios de prevención, campañas específicas para sectores de riesgo y una mayor vigilancia en actividades subcontratadas. El INSST, por su parte, insiste en mejorar la recopilación de datos específicos para autónomos y en adaptar la normativa a las nuevas formas de trabajo.
En conjunto, la siniestralidad laboral entre autónomos sigue siendo un desafío estructural. Aunque los datos muestran avances, persisten desigualdades por sexo, edad, sector y territorio. La combinación de políticas públicas, formación, digitalización de la prevención y mayor concienciación será clave para reducir estas cifras y garantizar que el trabajo por cuenta propia sea no solo una opción económica viable, sino también segura.