Actualidad

Qué es una PYME


Lo pequeño es eficiente, ya que a menudo el tamaño incrementa la fragilidad
Nassim Taleb


Portal del Emprendedor de Fraternidad-Muprespa.
Jesús Pedroso, Octubre 2017. 

     Alguien me preguntó recientemente qué era una pyme, no lo que significaba el acrónimo, sino qué tipo de entidades se encuadran en este colectivo de empresas de menor tamaño. Pensé que bastaba con que lo hubiera consultado en internet mediante un buscador, pero su consulta me inspiró la idea de escribir una merecida reseña sobre la naturaleza de estas ignoradas organizaciones: las pequeñas y medianas empresas.

Invisibilidad de las pymes

No han sido objeto, salvo alguna excepción, de estudios pormenorizados ni de profundos tratados, su imagen se desvanece dentro de las grandes magnitudes macroeconómicas, por lo que la historiografía de estas pequeñas unidades generadoras de riqueza resulta muy escasa, quizás porque jamás han llamado la atención de los economistas más reconocidos en cada época, a pesar de las cambiantes doctrinas imperantes.

El economista keynesiano Samuelson escribió a mediados del siglo pasado: «Por su número, la forma dominante de la empresa en Estados Unidos es la de tipo pequeño y de propiedad individual. Pero, atendiendo a su valor, potencia económica y política, nóminas que pagan y empleos que proporcionan, la realidad es que unos cuantos centenares de ‘empresas gigantes’ ocupan una estratégica posición dominante».  Samuelson se refería a ellas como ‘empresas infinitesimales’, para las que no auguraba un futuro demasiado halagüeño.

En los años setenta había en EEUU ocho millones de empresas, la gran mayoría ‘negocios de pequeña escala’ despreciados por los teóricos de la economía, pero lo cierto es que sus propietarios y trabajadores contratados, en muchas ocasiones con escasos beneficios y sueldos bajos, al menos no engrosaban las listas del paro y tenían la oportunidad, con  riesgo y esfuerzo, de sacar adelante sus negocios. Unos lo conseguirían y otros no, pero mientras duró su aventura resulta indudable que contribuyeron a la generación de riqueza para su entorno. Durante las sucesivas revoluciones industriales acaecidas en nuestro mundo  –parece que caminamos hacia la cuarta, que ya denominan revolución industrial 4.0- apenas vemos referencias al papel jugado por las pequeñas empresas entre mediados del siglo XVIII y principios del XX. En cambio, hay muchos trabajos sobre las primeras fábricas, en las que trabajaban obreros provenientes del medio rural y de la manufactura artesanal y en las que se empezó a utilizar maquinaria pesada que disminuía el tiempo de fabricación de bienes, aumentando su cantidad (en EEUU se abrió la primera fábrica en 1790). Pero los innumerables pequeños negocios ya existían anteriormente y continuaron existiendo, sobre todo en los sectores del comercio y los servicios.

Nadie duda de la importancia de estas empresas pequeñas en la actual sociedad, ni de su trascendencia sobre el PIB de cualquier país, pero la cuantificación de su valor parece quedar injustamente en segundo plano respecto a las grandes corporaciones que emplean a miles de trabajadores, cotizan en bolsa, se organizan en holdings, cárteles o trusts, traspasan fronteras y se convierten en auténticos lobbies.


Si Europa quiere tener un futuro económico sostenible, debe respaldar su motor de crecimiento económico y única fuente real de creación potencial de empleos: sus 23 millones de pequeñas y medianas empresas.
(Xavier Rolet, consejero delegado de London Stock Exchange Group, empresa propietaria de la Bolsa de Londres)


Definición actual

Desde que en 1996 la Unión Europea introdujera la primera definición de pyme hasta la actual,  recogida en el Anexo I del Reglamento (UE) nº 651/2014 de la Comisión, el texto se ha ido revisando y adaptando a la evolución económica. Así, son cada vez más habituales las relaciones jurídico-financieras entre empresas de cualquier dimensión que dan lugar a nuevas formas -empresas vinculadas, empresas asociadas...-, pues no todas las pymes son empresas autónomas, como recoge el citado anexo en su articulado.

El art. 1 del Reglamento define genéricamente lo que es una empresa: “…toda entidad, independientemente de su forma jurídica, que ejerza una actividad económica. En particular, se considerarán empresas las entidades que ejerzan una actividad artesanal u otras actividades a título individual o familiar, así como las sociedades de personas y las asociaciones que ejerzan una actividad económica de forma regular”. Este precepto solventa las dudas sobre si una persona física puede considerarse en la práctica una empresa o no. Para ello basta con que cumpla con la esencia de realizar una actividad económica, aunque no cuente con asalariados, siendo indiferente la forma jurídica.

En el art. 2 se concretan las características que deben reunir estas entidades para ser consideradas pymes: “…las empresas que ocupan a menos de 250 personas y cuyo volumen de negocios anual no excede de 50 millones EUR o cuyo balance general anual no excede de 43 millones EUR”, clasificándolas en microempresas (menos de 10 asalariados y un volumen de negocios no superior a los 2 millones de euros), pequeñas (entre 10 y 49 asalariados y hasta 10 millones de euros) y medianas ( entre 50 y 249 asalariados y hasta 50 millones de euros).

Resumiendo, lo que caracteriza a estas entidades es un número máximo de asalariados en plantilla, además de un volumen máximo de negocio o balance general, como requisito económico-financiero. De esta forma, una empresa con 250 trabajadores ya no será calificada como una pyme, sino como gran empresa.

Respecto al concepto ‘volumen de negocio’, éste hace referencia al total de ingresos que la empresa ha logrado en un período concreto –anual, por ejemplo- por la realización de su actividad profesional, ya sea la venta de bienes o la prestación de servicios.

La importancia de una clara identificación de las pymes estriba en la posibilidad de acceder a las ayudas y programas de financiación que concede la Unión Europea para este segmento empresarial, privilegios de los que carecerían de no tener tal consideración, aunque podrían solicitar otro tipo de ayudas. Y es la homogenización del significado de este término en todos los países miembros la herramienta que permite a todas las empresas de la UE partir en las mismas condiciones y con idénticas posibilidades para lograr las ayudas ofertadas.

Actualidad de las pymes en España

Las pymes representan más del 60% del PIB nacional, siendo responsables, con los trabajadores autónomos afiliados, de casi el 70% de los puestos de trabajo. Cifras que no pueden obviarse y que resultan axiomáticas sobre un aspecto de la economía predominante en este país y que no difiere mucho de la existente en algunos países de nuestro entorno, como Italia o Portugal.

En el pasado mes de agosto había en España cerca de 1,3 millones de pymes -más del 99% sobre el total de empresas existentes-, con más de 8 millones de asalariados, conformando una auténtica fuerza productiva.

Tablas del Ministerio de Economía, Industria y Competitividad (distribución detallada de empresas y trabajadores)

 

 

 

 

 

 

 



 

Entre 2007 y 2014 desaparecieron más de 300.000 pymes españolas, dato que nos pone en la pista del inconveniente que supone una excesiva presencia de este tipo de empresas por su volatilidad. Se constituyen con la misma facilidad que desaparecen, pero su peso sobre el total del tejido empresarial apenas varía en períodos de crisis respecto a otros más expansivos. Estas empresas lideran la contratación de trabajadores en ciclos económicos positivos, pero también destruyen más empleos durante las fases de crisis.

Los expertos han señalado la existencia de una relación directa entre el tamaño de las empresas y su capacidad productiva, innovadora y exportadora, además de las dificultades de acceso a las fuentes de financiación de las de menor tamaño, que también generan puestos de trabajo más precarios. Como hemos leído en una publicación (octubre 2016) del Colegio de Economistas de Madrid «las empresas de menos de 5 trabajadores concentran cerca del 80% del empleo sumergido, lo que sin duda lastra a la economía española frente a la de nuestros principales socios comerciales».

Todo ello supone una barrera para el aumento de su tamaño, unido a sus ventajas fiscales e impositivas, como sucededía con el impuesto de sociedades hasta hace poco tiempo, que favorecía a las pequeñas empresas, así como algunas bonificaciones en contratos laborales para aquellas que tengan menos de 50 asalariados, lo que provoca que los empresarios se muestren reacios al crecimiento de sus plantillas y a sobrepasar ese límite que les impediría beneficiarse de estas medidas.

También constituye un obstáculo para su expansión y desarrollo la legislación dispersa por las comunidades autónomas, distinta en cada una de ellas, en cuanto a la regulación del ámbito empresarial. Situación que no da muestras de haberse solucionado con la Ley 20/2013 de Garantía de Unidad del Mercado, en la que se intenta que las empresas cuenten con una única autorización para operar en todo el territorio nacional y no con 17.

Aunque los datos hablan por sí solos, parece que el tamaño si importa; por ello, en el reciente Informe sobre Crecimiento Empresarial del Ministerio de Economía se recomienda favorecer el aumento de las dimensiones de las empresas porque «la reducida dimensión empresarial crea dificultades para acometer proyectos de internacionalización e igualmente revela una menor capacidad inversora, especialmente en ámbitos tan importantes como la I+D+i. Asimismo, la escala se relaciona con otras variables determinantes de la productividad, como el acceso a la financiación o el mejor gobierno corporativo y cualificación de los equipos gestores», abundando en otro informe de 2015 del FMI, en donde leemos que  «la baja productividad de la economía española está explicada en parte por el predominio de empresas pequeñas y poco productivas…». En este sentido, el ministro de Guindos ha declarado que si las empresas españolas tuvieran las dimensiones de la media de la UE, el PIB se incrementaría un 3,35%.

Pero a pesar de estas recomendaciones institucionales, como ha observado algún experto en asuntos económicos, surge una duda: ¿El aumento del tamaño de las empresas incrementará su productividad o es la productividad la que hará crecer las empresas? Nos encontramos ante el dilema de «¿El huevo o la gallina?».


 

 

 

 

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